September 17, 2025
Vecinos indeseables en los campings: ese extraño fenómeno que nunca desaparece
De la tele al aire libre al DJ improvisado: cuando la parcela del lado se convierte en tu peor pesadilla

By Pablo Navarrete
5 min read
Hay una cosa curiosa en los campings. Uno llega con la ilusión de escapar del ruido de la ciudad, de los vecinos pesados del piso, de la música del bar de la esquina que no te dejaba dormir… y entonces, ¡pum!, te das cuenta de que los campings son como un microcosmos de la vida real. Todo lo que querías dejar atrás, de algún modo, viaja contigo. Y lo hace en forma de vecinos indeseables.
Yo siempre he pensado que un camping es una especie de laboratorio social. Tienes la naturaleza, la tranquilidad, el canto de los pájaros… y de repente aparece alguien con un altavoz bluetooth que decide que su playlist es mejor que cualquier melodía natural. El problema no es solo que ponga música, es que lo hace con ese tono de "yo estoy aquí, y mi diversión es la de todos". Una especie de DJ involuntario que nadie contrató, pero que insiste en animar la noche.
Pero no es solo el ruido. Está también ese detalle encantador de los que creen que las parcelas no existen. Tú marcas tu espacio, montas tus sillas, pones la mesa, hasta dejas un pequeño cordel para señalar límites, y aun así aparece ese vecino que se pasa por tu "jardín" como si estuviera atravesando la plaza del pueblo. Algunos hasta lo hacen con descaro: "Es que por aquí es más corto para ir al baño". Y claro, tú ahí sentado con tu café, viendo a gente que cruza a medio metro de ti como si fueras invisible.
Ni hablar de los niños convertidos en exploradores profesionales. Que ojo, está bien que los niños jueguen, pero cuando deciden que tu mesa es su pista de carreras para los cochecitos o que tu silla plegable es su montaña a conquistar, ya no es tan divertido. Lo mismo con los perros que "casualmente" siempre encuentran tu rueda para marcar territorio. Y los dueños, claro, te miran con esa sonrisa de "ay, qué travieso es". Sí, travieso y tuyo, no mío.
Y por si no fuera suficiente, tenemos la categoría estrella: el vecino teleadicto. Ese que no soporta una noche sin sus programas y que decide montar el cine al aire libre. Porque claro, ¿para qué disfrutar del cielo estrellado cuando puedes escuchar el telediario con eco en todo el camping? Lo gracioso es que uno llega a pensar que se acabará temprano, pero no: el partido de fútbol empieza tarde, la tertulia se alarga, la película de acción no puede faltar. A las doce de la noche, tú en la cama de tu autocaravana, y afuera alguien sigue riéndose a carcajadas con un programa de risa enlatada. Si tuvieras que hacer un ranking de sonidos en un camping, los grillos y los búhos irían detrás de las explosiones de Fast & Furious 9.
Y ojo, no es que uno esté en contra de que la gente disfrute. Pero lo que molesta es ese olvido total de que alrededor hay otros seres humanos que también han pagado su parcela y que, sorpresa, quizá vinieron precisamente para descansar.
Si hablamos de vecinos indeseables en los campings, no podemos dejar fuera a los reyes de la barbacoa. Esos que convierten su parcela en una sucursal de restaurante de parrilla, con tanto humo y olor que parece que estén alimentando a todo el camping. Tú planeabas cenar una ensalada tranquila y ligera, pero de pronto el aire se llena de chorizos, pancetas y costillas que huelen tan fuerte que hasta las ardillas se asoman a mirar. El problema no es que hagan barbacoa (yo también soy fan), sino que muchas veces dejan las parrillas comunes como un campo de batalla medieval. Y claro, al día siguiente, cuando tú vas con tus verduras o tu pescado, lo primero que encuentras son cenizas, grasa pegada y un tenedor oxidado que alguien dejó ahí como recuerdo.
Luego están los fiesteros de carpa gigante. Son ese tipo de familias o grupos que llegan con tanta infraestructura que uno se pregunta si vinieron de acampada o a montar una boda gitana. Montan toldos, luces, neveras industriales, mesas de dos metros… y por supuesto, la música. Porque nunca puede faltar. El camping entero se convierte en público no invitado a una fiesta que tú no pediste, pero que igual te toca escuchar hasta que se les acaben las cervezas. Y cuando crees que ya terminó, ¡sorpresa! Alguien saca la guitarra, y ahí es cuando entiendes que la noche va para largo.
Otra especialidad de estos vecinos es el arte de convertir lo común en privado. Van a la piscina del camping y ocupan seis tumbonas desde las ocho de la mañana con toallas y flotadores, aunque no aparezcan hasta las dos de la tarde. O en las duchas, donde parece que entran a vivir: ponen champú, acondicionador, cepillo de dientes, crema… y se toman veinte minutos mientras la cola afuera crece y crece. Tú ahí, con la toalla al hombro, sudando y esperando, y ellos dentro haciendo un spa improvisado.
Y claro, la joya de la corona: el ruido nocturno infinito. Porque los vecinos indeseables no conocen el concepto de "hora de silencio". Son esos que a las once de la noche empiezan a subir el tono de voz, a reírse más fuerte, a contar anécdotas que cada vez se vuelven más graciosas con las cervezas. Y cuando el camping entero ya está en modo descanso, ellos siguen como si estuvieran en un festival. Lo más curioso es que nunca son conscientes de lo mucho que molestan. Si les dices algo, te responden con frases como "tranquilo, que estamos de vacaciones". Y claro, ¿tus vacaciones qué son? ¿Una penitencia?
Al final, lo que sucede es que el camping, ese lugar que supuestamente está diseñado para desconectar, se convierte en una especie de ciudad paralela, con los mismos problemas que las ciudades grandes, pero sin paredes que te separen del vecino. Y es ahí cuando entiendes que la convivencia en los campings es un arte.
A veces me pregunto si no debería existir algo así como un carnet de campista responsable. Igual que llevamos la ITV al día en la autocaravana, tendríamos que renovar el "sello de civismo" cada cierto tiempo. Una especie de examen práctico y teórico sobre cómo comportarse en un camping.
Me lo imagino así: llegas al camping por primera vez y, antes de darte la tarjeta de acceso, te sientan en una sala con veinte sillas plegables. En una pantalla, un simpático instructor te explica las normas básicas de convivencia. Nivel 1: no atravieses parcelas ajenas como si fueran atajos. Nivel 2: recuerda que el silencio nocturno no es un rumor, es real. Nivel 3: tu televisor y tu altavoz no tienen por qué formar parte del paisaje sonoro de los demás. Y ya en nivel experto, la lección final: deja las duchas y las parrillas como si fueras el último ser humano en la Tierra, porque después de ti vendrá alguien que también quiere usarlas.
Si apruebas, te dan tu carnet con un sello válido por dos años. Si lo pierdes por reincidente, te quedas fuera de la "liga oficial de campings civilizados" y tendrás que conformarte con dormir en un descampado hasta que aprendas.
Claro, todo esto lo digo con ironía, pero lo cierto es que el problema de los vecinos indeseables es universal. No es solo un tema de campings: lo mismo pasa en los pisos, en los hoteles, en los aviones. Lo que ocurre es que en un camping las paredes desaparecen, y de golpe te das cuenta de lo frágil que es la convivencia. Ahí no puedes esconderte, no hay un vecino a tres plantas de distancia, sino a tres metros, separado apenas por una tela o un seto.
Y es precisamente eso lo que hace que el camping sea tan humano: te toca la lotería de los vecinos. A veces te cruzas con gente encantadora, con quienes terminas compartiendo una botella de vino y mil historias de viaje. Y otras veces, te toca el DJ nocturno, el rey de la barbacoa o el fanático de la tele al aire libre.
Al final, los campings son como la vida misma: un mix de personajes que pueden hacerte la experiencia inolvidable o desesperante. Lo único que queda es aprender a reírse un poco del asunto, aceptar que siempre habrá un "vecino indeseable" y, quién sabe, quizá un día nosotros mismos terminamos siéndolo sin darnos cuenta.