July 15, 2026
Etiopía
¿Estamos soñando o estamos despertando?

By ESTAMOS SOÑANDO?
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A veces recorremos la vida como pasajes grabados en la memoria. En ocasiones, esos recuerdos habitan en la frontera entre lo real y lo imaginado: ¿dónde van las voces, los perfumes, las imágenes que nos devuelven a ciertos lugares? Cientos de dudas invaden la mente cuando el tiempo pierde su forma.
Una tarde, en un lejano país rodeado de arbustos y llanos interminables, un guía me transportaba hacia un lugar impensable. Al ver mi curiosidad, él sonreía y me decía: "Tranquila, te vas a maravillar." No iba sola en aquel auto, rostros familiares me acompañaban y poco a poco el paisaje fue transformándose. A lo lejos, entre las montañas, pude ver castillos que parecían espejos: uno blanco, uno negro, como un yin y un yang suspendidos en la roca. Su majestuosidad me detuvo el aliento. Mi guía me miraba con una risa cómplice y decía: "Los ojos no mienten. Cuando algo realmente nos pertenece, se iluminan. Y los tuyos acaban de encenderse."
Nos detuvimos frente a un templo tan antiguo que parecía guardar la memoria del mundo. Sin darme cuenta, me había quedado sola. Pero la curiosidad era más fuerte que el miedo, y crucé el umbral.
Una voz poderosa llenó el espacio antes de que pudiera dar un segundo paso.
"No puedes entrar. Ya es tarde."
Me detuve.
Frente a mí, alineados en perfecta solemnidad, estaban los guardianes de todos los reinos. Cada uno vestía las ropas de su cultura, túnicas, coronas, telas sagradas; pero había algo que los hacía uno solo: la manera en que me miraban. Sin juicio. Sin prisa. Como quien reconoce a alguien que lleva mucho tiempo buscando el camino de regreso.
El de mayor autoridad era alto, de tez morena oscura, con corona de oro y túnicas negras que caían como la noche. Me estudió un momento en silencio. Luego sonrió, no con condescendencia, sino con algo que se parecía a la compasión y habló dirigiéndose a todos:
"Este lugar cierra a las cuatro. Pero ella tendrá hasta las cuatro y media."
Luego me miró directamente.
"Más te vale encontrar lo que viniste a buscar."
En ese instante entendí que la voz que me había detenido no era una prohibición. Era una advertencia. El tiempo no sobra cuando finalmente te atreves a entrar en ti misma.
Corrí por los pasillos intentando verlo todo. En el fondo, entre las sombras de una cueva, divisé un tótem gigante. Guardianes lo protegían con cánticos que resonaban como el haka, formando una barrera viva y sagrada. El miedo me paralizó, pero seguí. Desde lo alto de un puente vi hacia abajo: una escultura de más de doce metros, enterrada en la tierra como una raíz que sostiene al mundo. Tribal. Primordial. Comprendí que estaba llegando al origen.
Había llegado al templo de Etiopía.
Una mano se extendió hacia mí: "Entra. Aquí está la magia que buscas." Yo gritaba que no podía, que el miedo era demasiado. Y ella respondía: "Claro que puedes. Todo está en tu mente." Paso a paso fui descendiendo. Hasta que la mano me soltó.
Y entonces lo entendí todo.
Etiopía no era un destino, era yo. Mi corazón enterrado en lo más profundo, custodiado por guardianes, rodeado de cánticos que retumbaban como advertencias. Lo había sellado yo misma, piedra por piedra, cada vez que algo me dolió demasiado. Y ese tótem que me paralizaba, ese gigante de doce metros que me llenaba de pánico, no era una amenaza. Era la magnitud de todo lo que había decidido no sentir para convencerme de que podía sola con todo.
Pero nadie puede solo con todo. Esa es la mentira más elegante que nos contamos.
Bajar esas escaleras fue rendirse, no ante el miedo, sino ante la verdad: que ser vulnerable no es una debilidad, es la única llave real. La que abre lo que llevas años cerrando. La que deja entrar la luz justo donde más oscuro se ha puesto.
Soltar no es perder. Es recordar que siempre fuiste luz.
Como una luciérnaga que se enciende en la oscuridad.
Y fue entonces cuando abrí los ojos.