July 11, 2026
Intimidad & Castigo.
La culpa.

By Nombre de Hombre
3 min read
La culpa como motor, como señal — emoción que nos señala que la cagamos. Da la fuerza para reparar… si no se puede reparar, se convierte en tristeza.
La culpa asociada al castigo… ¿algo católico? ¿algo patriarcal? ¿algo de nuestra cultura en general? Quizá todas juntas o algo de todas.
El castigo como silencio, como distancia… como una selección venenosa de palabras.
El castigo como represalia, como un despojarse violentamente de las propias emociones salpicando por doquier, o la pareja, aquello que no sabemos sostener por nuestra cuenta.
El castigo como ilusión: la ilusión de que ejercerlo nos repara cuando nos han ofendido. El castigo en realidad sólo merma, intimida, achicopala, mina a quien nos hirió. No deja crecer; no deja aprender del propio error, no deja la energía dispuesta para que la próxima vez sea genuinamente distinto.
Puedo pedir reparación sin hacer sentir mal al otro. El otro puede repararme, reflexionar, accionar, sin haber pasado por la pena que yo pasé.
Parece contraintuitivo, pero cuando alguien me hiere, adquiero un regalo para darle a ese alguien. Al dar un regalo, nos hacemos más ricos a nivel de tejido humano. Al dar un regalo, me vacío, y la vida viene a llenar ese vacío con otras bondades y regalos — los dice Lewis Hyde en su libro " The Gift". La rabia hace difícil regalar a quien nos ha dañado. Hace difícil darle el regalo del aprendizaje. Saber que quien nos dañó sigue adelante sin haber sufrido, nos irrita… nos puede dar una sensación de injusticia, y si esa persona no se hace responsable del daño que hizo, con toda razón podríamos sentirnos así. Pero, si sí lo hace… ¿qué bien puede traerle sufrir?
Estamos en una sociedad acostumbrada al castigo… y a menudo ni siquiera notamos a quienes han tenido el gesto revolucionario de darnos una segunda oportunidad; de dejarnos seguir adelante sin antes abrirnos la llaga vengativa. Pero son muchas las personas que así lo han hecho. Cometemos muchos errores… sobre todo los hombres, que tenemos tantas barreras entre nuestro ser casual y nuestro ser íntimo. Y por cada error, un castigo o un regalo. Y nos han regalado mucho. Quienes nos han contenido en nuestro periodos de error-aprendizaje más intensos, son ángeles. Se les puede honrar siendo eso para alguien más. La próxima vez que alguien te dañe piensa: ayer por mi, hoy por ti. Creo que ahí hay un desescalamiento de la violencia generalizada.
A veces es imposible, sin duda. Pero a veces es muy posible y nos dejamos llevar por la sevicia — el castigo puede ser muy magnético.
Pienso en lo difícil que es sostener físicamente un daño cuando no nos permitimos tener un gesto (aunque leve) de venganza. Por ejemplo, quedamos de que hoy me acompañabas a X plan — incumpliste tu palabra… si elijo castigarte, quizá respondo con especial frialdad a tus mensajes, o directamente te dejo en visto por un rato (sádicamente) largo. Si en vez elijo regalarte, propiciando que te hagas cargo de tu falta sin que sufras, te comunico lo que sentí, junto con alguno gestos opcionales con que podrías repararme. Cuando así sucede, quien a sido herido debe sostener una sensación física muy difícil, no dejándose tentar por desabusarse de ella a través del castigo o la venganza. ¿Qué he notado? Qué sostener esa sensación, hacer el proceso bondadoso del regalo, y ser capaz de observar como el cuerpo va compostando la incomodidad, hace que nuestro corazón crezca, que se haga más flexible y, en tanto flexible, más resiliente. Sin necesidad de endurecerse. Cada vez será más lo que podamos sostener, lo que probablemente nos permita aperturarnos más y más a la intimidad antes de toparnos con alguna dificultad vincular que nos haga imposible seguir relacionándonos.
Visto así, al regalar a quién nos hirió la oportunidad de aprender sin castigarle, nos hacemos posteriormente un regalo a nosotros mismos: crece nuestra capacidad de intimar. ¿Y no es delicioso intimar? ¿No hace de la vida más cálida, más graciosa, más emocionante, más sensual, menos solitaria?
A veces creo que los hombres tomamos rutas de renuncia espiritual o de intelectualismo muy severas para hacer sobrellevable una vida aciaga. Cosmovisiones o estructuras de pensamiento y rutinas que nos logran dar un espacio relativamente seguro, por lo menos desde nuestra subjetividad, para sobrellevar. Creo que en muchos casos estas estructuras aparecen como una alternativa sofisticada a una vida burda de consumo, a la que tantos hombres también se abocan. Pero, desde donde estoy mirando en este momento, el germen de ambas éticas es el mismo: no sabemos intimar. Nos morimos de inanición emocional — por falta de escucha cómplice, por falta de tacto, por falta de sensualidad, por falta de vulnerabilidad sostenida por un ojo empático, por falta de calor humano, de descanso compartido, por no poder "perder" el tiempo acompañadamente, o más bien por no poder perderse en el tiempo jugando junto con otr_s. Sin todo eso… por supuesto que la vida es dura, durísima; muchas veces ya es difícil aún con eso. Entonces figúrense.
Creo que intimar se nos hace difícil a muchos hombres, parafraseando lo que ya he dicho antes acá mismo, porque al momento del contacto con el/la otr_, a medida que nuestra relación se profundiza, encontramos expuestas nuestras heridas, o encontramos expuesta nuestra sensibilidad, nuestros miedos… todo eso (se ha dicho mil veces, sí). Y es fácil que alguien, por error o por otras razones, nos dañe o nos exhume un daño que estaba enterrado. Ahí, nuevamente, aparecen nuestras dos opciones. Castigamos a quien nos dañó en ese proceso de empezar a intimar, minando a la personas y el vínculo, hasta el punto en que alejamos a ese ser, o le damos y nos damos un regalo. Le permitimos aprender; aprender a conocernos, aprender a cómo tranzar con alguien con una sensibilidad como la nuestra, aprender a hacer las cosas de una forma que ese ser no conocía — y nos damos un regalo: un alma nueva, más cerquita nuestro; o mejor dicho, el cohabitar un espacio de nuestro soma, una capa más profunda de nuestro soma, que antes estaba habitada nada más que por nuestra tierna o tormentosa soledad. Nos damos compañía.