September 28, 2026
9. Un granito sibilante
Por Sebastián Sánchez Segura | Cartografía. Psicoanálisis, ¿para qué?

By Ediciones Petit (a)
5 min read
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Tras años de un trabajo de análisis que comenzó, como suele ocurrir, en el corazón de un sufrimiento intenso, puedo decir que me queda la posibilidad de un deseo: una orientación solitaria que, sin embargo, abre camino en la relación con los otros, en mis ocupaciones, en el amor e incluso frente a la muerte. Mi trayecto podría resumirse en la inquietud inconsciente por la generación de la vida y por la facultad del cuerpo de producirla. De este problema vital se desprende la pregunta por lo sexual, es decir, por el misterio que encierran esas palabras tan frecuentes e insondables: "hombre" y "mujer".
Años de dar vueltas en torno a estas cuestiones -tan infantiles y a la vez tan fundamentales- me permitieron decantar un resto mínimo, un núcleo del que nacía toda inquietud. Descubrí que todo lo que se me presentaba como realidad se sostenía en ese elemento diminuto, materia prima de todo lo que cobra importancia en mi existencia. De ese fragmento reducido brotaba el impulso de estudiar, amar, pensar, interactuar. Todo proviene de una minucia.
De ahí que pueda afirmar: el deseo es muy poca cosa, y aun así es lo único que da valor a una vida. El inconsciente es un río caudaloso de producciones. Si sumáramos la cantidad de sueños y formaciones que llevamos al análisis, reuniríamos una vasta información. Pero no es tan ingenuo el dicho "todos los caminos llevan a Roma": toda la obra del inconsciente conduce al mismo punto, al meollo del cual no solo arriba, sino del que también nace. Inicio y fin se confunden en la misma dificultad.
Mi infancia estuvo marcada por ciertas producciones cinematográficas; una de ellas fue La historia sin fin** (1984), dirigida por Wolfgang Petersen.** Me impresionó tanto que, en la adolescencia, pedí a mi padre el libro de Michael Ende. Hoy, cercano a mis cuarenta años, esa obra sigue acompañándome en las ideas que comparto.
Tras el hundimiento de Fantasía en la Nada, Bastián hace regresar a la Emperatriz Infantil con un llamado, un nuevo nombre: Hija de la Luna. Ella, vuelta a nacer, intercambia con él estas palabras:
-¿Por qué está todo tan oscuro, Hija de la Luna? -preguntó.
-Los comienzos son siempre oscuros, Bastián.
-Quisiera verte otra vez, Hija de la Luna. ¿Sabes? Como en el instante aquel en que me miraste.
Otra vez oyó la risa suave y cantarina.
-¿Por qué te ríes?
-Porque estoy contenta.
-¿Por qué?
-Acabas de formular tu primer deseo.
-¿Y lo cumplirás?
-Sí. ¡Extiende la mano!
Lo hizo y sintió que ella le ponía algo en la palma. Era diminuto pero, extrañamente, pesaba mucho. Daba frío y era duro y muerto al tacto.
-¿Qué es esto, Hija de la Luna?
***-Un grano de arena -*respondió ella-. Es todo lo que ha quedado de mi reino sin fronteras. Te lo regalo.
-Gracias -dijo Bastián maravillado. Realmente no sabía qué hacer con el regalo. ¡Si por lo menos hubiera sido algo vivo!
Mientras reflexionaba aún en lo que sin duda esperaba de él la Hija de la Luna, sintió de pronto en la mano un delicado cosquilleo. Miró con más atención.
-¡Mira, Hija de la Luna! -susurró-. ¡Empieza a fosforecer y brillar! Y, mira, brota una llamita. No, ¡es un embrión! Hija de la Luna, ¡no es un grano de arena! ¡Es una semilla luminosa que empieza a crecer!
Un grano de arena del que todo nace, es todo lo que queda de Fantasía. A esto me llevó la conclusión de mi análisis: al ínfimo elemento con el cual el deseo teje el mundo. En mi caso, la realidad es tejida por un ruidito: un silbidito inaudible. Este murmullito que no se oye es lo que se repite para mí en toda producción del inconsciente, silbidito con el que me hice a un nuevo deseo y a un nuevo mundo. Como ejemplo comparto uno de mis sueños recientes.
Sueño con una polilla y un agujero
No es más, solo eso. La polilla aparece en mi sueño porque el día anterior, viendo la serie Invasión (2021), se mencionaba en los subtítulos descriptivos -aquellos que describen sonidos para personas con discapacidad auditiva- la palabra "estridulación". No la conocía. La busqué de inmediato, cautivado por su extrañeza. La estridulación es el chirrido que producen ciertos insectos al frotar partes especializadas de su cuerpo. No es el caso de las polillas, pero ellas también son insectos. El chirrido, que remite a ese sonidito nacido de mi análisis, quedó atrapado en esta palabra que me condujo a los insectos y, de ahí, a las polillas. Lo importante es el ruidito.
¿Por qué soñar, entre los insectos, con uno que no estridula? Polilla en inglés se escribe moth, que homofónicamente se aproxima a mot en francés (y recordemos que la "h", en todo caso, es muda). Mot en francés significa "palabra". También asocié la polilla con El silencio de los inocentes (1991), donde la especie Acherontia atropos ocupa un lugar central. En su tórax lleva manchas que parecen un cráneo humano, y el asesino Buffalo Bill las utiliza como emblema de transformación y muerte.
En resumen: la palabra hace agujero con un ruido que no es sonoro. En el lugar del ruido está "estridulación", que señala el vacío dejado por el lenguaje. Ese ruidito, del que hablan las palabras en mi inconsciente, es la referencia a la Nada: donde todo muere y de donde todo nace.
Este seseo insistente, repetido, es el que me ha dado origen: es mi padre y mi madre. Es también el canturreo que acompaña el fin de mi análisis y el fin de mi vida -suponiendo que estará ahí cuando llegue, pues ha estado siempre-. Aunque yo ya no esté para escucharlo, él me despedirá. Ese ruidito es también la forma del duelo por todo ser querido que ha muerto, sobre todo por las figuras paternas.
¿Para qué un psicoanálisis? El psicoanálisis cambió mi vida entera: destruyó lo que había para hacer nacer el mundo de nuevo. Entre las novedades de esta existencia están las posibilidades del amor. Ahora amo distinto. Encuentro en el amor un gusto más hondo y mayor dedicación.
El amor es un riesgo: se apuesta fuerte en él cuando se sabe de la castración, porque es siempre a pérdida. Hoy el amor es un gran placer que no puede desligarse de la angustia. No es fusión, sino el reconocimiento radical de que el otro no me pertenece. Es una forma en que se me revela la otredad. Mi enamorado es el ser al que más me acerco y, al mismo tiempo, del que más me alejo.
El amor lo vivo cada día, a cada segundo, como un duelo. Entre nosotros, los amantes, se impone la separación: la imposibilidad de pertenecernos fusionalmente. El amor me duele terriblemente, y eso no se explica con facilidad. El amor porta ahora intrínsecamente el saber del faltar.
Él, su persona, me falta cada vez. De esa falta nace mi insistencia y mi anhelo. Estoy comprometido fielmente con quien amo porque es milagroso que alguien esté tan cerca tuyo siendo un ajeno radical. Es el recordatorio de lo que nunca será realmente de ti: por su diferencia intelectual, por su cuerpo separado, o porque va a morir. El amor nos recuerda lo separados que estamos del mundo y la satisfacción de estar unos junto a los otros en un trasfondo de absoluta soledad.
El psicoanálisis hizo en mí un mundo posible, el deseo y el amor. ¿Podría pedirle más?
Sebastián Sánchez Segura. Psicoanalista, docente de Colegio de Psicoanálisis Lacaniano. Maestría en Teoría Psicoanalítica, miembro de Escuela de Psicoanálisis de los Foros del Campo Lacaniano.