En el más reciente Discurso del Estado de la Unión, Donald J. Trump interrumpió el protocolo para dirigirse directamente a Alejandra González, ubicada entre los invitados en el hemiciclo.

"Alejandra, me complace informarte que no solo tu tío ha sido liberado, sino que está aquí esta noche. Lo trajimos para celebrar su libertad contigo en persona".

Segundos después, Enrique Márquez apareció caminando por el pasillo del Capitolio. No estaba allí desde el inicio. No formaba parte del encuadre visible. Entró mientras las cámaras lo seguían hasta el abrazo con su pariente. Hubo aplausos prolongados. Hubo emoción auténtica. Se alcanzó a escuchar una frase sencilla, "Gracias Dios por todo".

El momento fue humano. Y profundamente estratégico.

No fue únicamente una reunificación familiar. Fue una escenificación política cuidadosamente diseñada. La captura de Nicolás Maduro y el inicio del proceso de liberación de presos políticos constituyen hechos de alto impacto geopolítico. Al colocar a Márquez bajo los reflectores en el acto más solemne de la política estadounidense, la Casa Blanca no solo celebraba una excarcelación, estaba señalando el tipo de actor que considera funcional en la arquitectura de transición que comienza a configurarse para Venezuela.

Washington no escoge símbolos por sentimentalismo. Los escoge por funcionalidad. Y en este punto es necesario decirlo sin rodeos, la actual etapa venezolana es un proceso tutelado. Las decisiones estructurales que marcarán el ritmo de estabilización, recuperación y transición no se están tomando en Caracas. Se están tomando en Washington. Eso no es una consigna, es una variable real de poder.

Enrique Márquez representa un perfil específico, político moderado, institucional, ex preso político, con experiencia dentro del Estado y credenciales técnicas verificables. Ingeniero electricista egresado de la Universidad del Zulia, con maestría en telecomunicaciones en la Universidad de Essex, en el Reino Unido, trayectoria en Lagoven, profesor universitario en su alma mater, LUZ. Un hombre formado en sistemas antes que en consignas.

Pero hay un elemento que no puede pasarse por alto. Márquez concentra una combinación poco común en el ecosistema político venezolano, formación técnica, experiencia administrativa, trayectoria parlamentaria y paso por el órgano electoral. Ese cruce de variables, escaso en el liderazgo nacional, no es accesorio en una tarea que implica desmontar un régimen con más de veintisiete años en el poder, es estructural.

Su recorrido político no responde al molde del caudillo. Proviene del Movimiento 20 en los años ochenta, una corriente universitaria de izquierda que emergió en medio del desgaste del sistema político tradicional y que impulsó debates sobre democratización interna y cogobierno universitario. Aquella generación no fue homogénea. De allí surgieron dirigentes que luego transitaron hacia La Causa R, el MAS, el chavismo naciente y la oposición regional. Ese origen explica una cualidad central de Márquez, su plasticidad política y su capacidad de interlocución transversal.

En los años noventa fue dirigente regional de La Causa R en el Zulia. Allí lo conocí cuando militamos juntos a finales de esa década. Ya entonces destacaba por su moderación, su inclinación al diálogo y su respeto por la institucionalidad. Entre 1996 y 2000 integró el gabinete de Francisco Arias Cárdenas en su primera gestión regional, desempeñándose en áreas vinculadas a infraestructura y gestión pública. Conoció la maquinaria administrativa desde dentro. Entendió el tamaño del aparato y sus inercias.

Posteriormente fue diputado en varias ocasiones, alcanzó la primera vicepresidencia de la Asamblea Nacional y se vinculó institucionalmente con Manuel Rosales. Ha mantenido interlocución con sectores del chavismo crítico, ha compartido espacios con figuras como Juan Barreto en Centrados, conoce a actores del oficialismo desde su etapa parlamentaria, incluyendo a Jorge Rodríguez, y ha sostenido relación con mediadores internacionales como José Luis Rodríguez Zapatero. Esa amplitud ha sido utilizada por algunos para etiquetarlo de ambiguo. En realidad, revela una capacidad indispensable en escenarios de transición, tender puentes en un país fracturado.

Conviene desmontar la narrativa superficial que ha circulado en redes y en ciertos espacios mediáticos. Los calificativos de "comunista" o "divisionista" responden más a la lógica de la descalificación doméstica y la búsqueda de protagonismo digital que a un análisis serio del momento político. En fases de transición estructural, el ruido emocional genera aplausos momentáneos, pero no edifica el andamiaje institucional que el país necesita reconstruir.

La prueba más severa de su talante llegó cuando fue designado rector principal y vicepresidente del Consejo Nacional Electoral entre 2021 y 2023. Pasó el filtro del chavismo para ocupar una posición estratégica. Y cuando el proceso presidencial de 2024 derivó en opacidad, utilizó su conocimiento técnico para exigir publicación de actas, señalar inconsistencias y negarse a convalidar procedimientos sin transparencia.

No actuó como agitador. Actuó como institucionalista.

Esa postura le costó la libertad. Fue detenido en enero de 2025 y permaneció más de un año recluido en El Helicoide. No fue solo una privación de libertad. Se vulneraron garantías constitucionales fundamentales, debido proceso, presunción de inocencia, tutela judicial efectiva. El político que exigía reglas terminó siendo víctima de su propia coherencia institucional.

Es precisamente en este punto donde la experiencia comparada adquiere relevancia. Las transiciones exitosas comienzan con estabilización. La primera fase no es electoral, es estructural. Es desmontar sin provocar implosión. Es conocer al monstruo desde dentro antes de intentar reemplazarlo. Sun Tzu advertía que la mayor victoria es aquella que se obtiene sin destruir el terreno que se quiere gobernar. La estrategia no consiste en asaltar la fortaleza, sino en reconfigurarla.

Tras su liberación fue categórico:

"No veo elecciones en el corto plazo, por lo tanto no soy candidato. Tengo una candidata, se llama Constitución. Y mi segunda candidata es democracia".

La frase no es retórica. Reordena el momento político. No estamos en fase de competencia electoral. Estamos en fase de estabilización.

En ese contexto, el análisis debe elevarse del ruido coyuntural al marco estructural. Osborne y Gaebler popularizaron la idea de "gobierno catalítico", separar el dirigir del ejecutar, "steer rather than row", es decir, rediseñar el aparato para que deje de ser una máquina pesada y se convierta en un sistema que coordina, incentiva y reconstruye capacidades. En transiciones, eso se traduce en algo concreto, desmontar la hiper-burocracia sin incendiar el Estado, reformar instituciones desde dentro sin entregarlas al sabotaje desde fuera.

Y cuando se observan transiciones comparables, el patrón aparece con claridad.

En España, Adolfo Suárez fue precisamente el perfil improbable que funcionó, un hombre con pasado dentro del sistema, pragmático, capaz de negociar la reforma desde adentro, traer a la oposición a la mesa y empujar el proceso hacia elecciones y Constitución. No fue épica callejera, fue ingeniería política.

En Chile, la transición combinó liderazgos visibles con figuras de tecnopolítica, operadores que conocían el Estado y podían negociar reformas con enclaves autoritarios aún activos. Edgardo Boeninger aparece citado como estratega de la transición desde un rol institucional clave. Ese tipo de perfil no reemplaza al liderazgo, lo hace viable.

En Sudáfrica, el fin del apartheid no se explica sin los "bridge builders", negociadores capaces de construir confianza entre bandos existenciales. Cyril Ramaphosa y Roelf Meyer asumieron la carga de tender puentes entre comunidades y partidos enfrentados. Transición es eso, convertir enemigos en interlocutores sin romantizar nada.

En ese espejo, Márquez encaja no como ungido para una presidencia inmediata, sino como operador con credenciales técnicas, institucionales y relacionales para la fase difícil, desmontar piezas del viejo aparato mientras se construye institucionalidad nueva, especialmente en un terreno como el CNE donde se juega la legitimidad del futuro.

Y si Washington lo coloca bajo los reflectores en este momento, no está improvisando. Está sugiriendo que la transición que imagina no será una guerra de tribunos, sino una coreografía de arquitectura política.

Venezuela ha tenido suficiente estridencia.

Lo que hoy necesita es ingeniería política.

Y en ingeniería política, las bisagras sostienen lo que los discursos no pueden.

Pero conviene añadir una capa más de realismo estratégico. La tutela no necesariamente busca democracia plena en el corto plazo. Puede buscar estabilidad. Y dentro de esa estabilidad, la variable energética ocupa un lugar central. Washington también tiene sus propios tiempos políticos, sus ciclos electorales, sus presiones internas y sus prioridades geopolíticas. En ese tablero, Venezuela no es únicamente una transición democrática pendiente, es también una pieza energética relevante en un contexto global de reacomodos.

Eso obliga a una lectura sobria, la estabilización puede anteceder a la democratización. El orden puede preceder a la competencia. Y la arquitectura que hoy se diseña podría responder tanto a la necesidad de desmontar un régimen como a la necesidad de garantizar previsibilidad estratégica.

La transición, por tanto, no será romántica. Será funcional.

Y en política internacional, quien mueve las piezas no lo hace por romanticismo democrático, sino por cálculo estratégico.

Alfonso Hernández Ortiz

Politólogo · Abogado

PhD en Derecho y Ciencias Sociales